Asya se removió en la cama. Un grueso rayo de sol golpeó sus párpados y aunque no podía ver el calor se sentía sobre su piel delicada e hinchada de haber derramado lágrimas él día anterior. Estaba aturdida, cansada, y como no estarlo si el lobo detrás de ella la había estado torturando todo el tiempo hasta que ya no podía ni respirar. Puede sentir, esta vez, el peso del grueso brazo de él que cae sobre su cintura, la calidez de un cuerpo apretado contra su espalda que la hace sentir segura y co