Zeina Al-Shams se había levantado esa mañana con un espíritu de beligerancia a flor de piel. El reflejo que le devolvía el espejo de su suite en Manhattan era el de una mujer de inigualable belleza y poder, una mujer que debía ser la reina indiscutible, y no la figura secundaria que Tariq había convertido en una broma.
La situación con su prometido estaba lejos de ser la coronación que ella había anticipado. Fátima Al-Farsi, la madre de Tariq, había orquestado el compromiso a espaldas de su hij