Esas palabras le cayeron a Adrián como un rayo en pleno día. Abrió los ojos de golpe, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
—¡No puede ser! El día de la boda yo no recibí ninguna llamada. ¡Claudia no puede estar muerta!
Guadalupe soltó una risa burlona. Le lanzó a Adrián una mirada cargada de desprecio.
—Claro, tú no la recibiste. Pero Roxana sí la recibió. Y si ella hubiera dicho algo, aunque fuera un minuto antes...
Como si recordara algo horrible, Guadalupe apretó el puño con tanta fuerza que le tembló el brazo.
Yo los miré y bajé la vista. Aunque fuera un poco antes, quizá yo me habría salvado. Pero esos minutos —esos minutos retrasados a propósito— me dejaron sin aire. Me asfixié con el humo.
—Ella quería vivir. Arrastrándose, con el cuerpo hecho pedazos, llegó hasta la puerta y aun así no pudo salir.
La voz de Guadalupe se quebró, ronca y áspera.
—Nadie aguanta hasta ese punto, a menos que sea una madre.
Diana lloraba mientras rebuscaba en su bolso. Sacó una hoja: la im