Abajo, la gente empezó a quejarse:
—Todo eso es lo que una mujer casada tiene que hacer. ¿Por qué habría que ponerle precio?
—El hombre se mata trabajando y trae el dinero; la mujer se queda en casa haciendo los quehaceres. ¿No es lo normal?
El funcionario del registro civil sonrió y preguntó, tranquilo:
—¿Contratar a una empleada doméstica cuesta dinero?
—Sí.
—¿Y contratar a alguien para la limpieza?
—¡También!
—¿Y contratar a una cuidadora?
—¡Igual!
—Entonces, si para ustedes todo eso cuesta, significa que ese trabajo tiene valor. ¿Por qué, cuando hay un matrimonio, el valor de una mujer —en especial el de un ama de casa a tiempo completo— de pronto "deja de existir" para ustedes?
De golpe, el lugar quedó en silencio. Aun así, se alcanzaban a oír sollozos, muy quedos.
No supe de dónde venían ni de quién eran. Pero quizá venían de todas las mujeres que han dado todo en silencio.
Escuché ese llanto y, sin querer, sonreí. Porque se suponía que Adrián y yo nos habíamos casado para ser fe