El señor Lennox se fue en dirección a la casa; cuando nosotros entramos, nos encontramos con Sor Pilar, que dormía en una de las sillas, pero al escuchar pasos fue que se despertó.
—¿A qué se debe esa cara de funeral? —ella miró al señor Lennox con el ceño fruncido—. ¿De qué me he perdido?
—Mi adorada nuera, a ella se le ocurrió la brillante idea de contratar a una persona no apta para cuidar de las niñas —el señor Lennox nos miró un poco molesto—. Una cosa es querer ayudar a las personas que están en esa situación y otra muy diferente es permitir que esa clase de mujer venga a cuidar a mis nietas.
Me quedé helada al escuchar las palabras del señor Lennox; no sabía bien que él iba a ponerse en esa postura.
—Papá —Aleksander intervino al ver la postura de su padre—, no puedo creer que seas tú quien viene a decir eso, a juzgar con facilidad a una persona como si fueras juez, jurado y verdugo de una mujer que tomó decisiones equivocadas por una gran necesidad.
Sor Pilar solamente se sent