Ellos se quedaron hasta el final y se fueron hasta que vieron el ataúd de la señora Adelaida cubierto por la placa. Ellos, al llegar a la enorme mansión, que se sentía con un aire diferente, fueron recibidos por un abogado.
—A ustedes los estaba esperando —el abogado miró a Brielle y compañía—. Por favor, pasen, que tengo que leer el testamento de la difunta señora Adelaida.
Ellos entraron y todos los parientes se encontraban ahí; el abogado fue al despacho de la difunta y fue ahí que sacó aquel