Bianca
La cocina era el único lugar de la casa donde todavía podía fingir normalidad, aunque la palabra ya no significaba nada.
El agua hervía en la olla, el café recién hecho perfumaba el aire y, aun así, todo olía a pólvora quemada. Me apoyé en la mesada con los brazos cruzados, mirando el reflejo de mi propio rostro en la ventana: ojos cansados, mandíbula tensa, una calma forzada que no me pertenecía.
Gabriella caminaba de un lado a otro frente a la mesa como si el piso le quemara.
—Lo