Renzo
El rugido de los motores se apagó cuando frenamos frente a mi casa.
O, mejor dicho, frente al infierno en el que la habían convertido.
No pensé.
No dudé.
Bajé del auto con el arma en mano, mis hombres siguiéndome de cerca.
Un proyectil impactó contra la camioneta a pocos metros de nosotros, haciendo estallar un vidrio.
—¡Cúbranse! —ordené, rodando hasta una posición segura.
Dos de mis hombres respondieron con fuego inmediato, descargando sus armas hacia la línea enemiga.
Respiré hondo, e