Siete días de negación agotaron mi resistencia. La náusea ya no era una molestia; era un recordatorio implacable de que el tiempo de las suposiciones había terminado. Aquella mañana, el olor del suavizante en las toallas fue el detonante que me llevó, temblorosa y con la capucha puesta, hasta la farmacia más lejana de mi barrio.
Nunca había sostenido una caja de esas en la mano. Compré dos más, de marcas diferentes, con el corazón martilleando contra mis costillas. «¿Y si el de Sarah está venci