Clara
La mañana siguiente trajo una luz pálida que atravesaba las cortinas automatizadas de la suite. El silencio del penthouse ya no parecía tan opresivo; el sonido suave de la respiración de Banguela y el tintineo distante de la vajilla en la cocina traían una sensación de normalidad que casi había olvidado. Alex entró en la habitación con una bandeja de desayuno, pero su mirada no estaba en la comida. Estaba en mí.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó, colocando la bandeja sobre la mesa de noche