Clara
El sonido del elevador cerrándose detrás de nosotros pareció el chasquido de una campana de cristal al ser sellada. De repente, el bullicio amortiguado de la ciudad desapareció, sustituido por ese silencio presurizado y costoso que solo el penthouse de Alex poseía. Estaba sentada en la silla de ruedas, sintiendo cada pequeña vibración del piso de mármol bajo las ruedas, y mi corazón martilleaba contra mis costillas de una manera que los médicos ciertamente no aprobarían.
Estaba de vuelta.