El sol apenas había comenzado a tocar el alféizar de la ventana cuando el primer espasmo me golpeó. No fue un despertar suave; fue una ola de náusea violenta que me hizo saltar de la cama con el corazón en la boca. Corrí al baño, con mis pies descalzos golpeando el piso frío, y me arrodillé ante el inodoro como si estuviera suplicando clemencia.
Cuando la crisis pasó, me quedé allí, sentada en el suelo, con la frente apoyada en la porcelana helada. Mi cuerpo pesaba una tonelada. Banguela aparec