Capítulo 84

El despertador no sonó, pero la claridad grisácea que atravesaba las rendijas de la persiana cumplió el papel de arrancarme del único refugio que había tenido en meses: el sueño sin sueños. Por algunos segundos, el letargo del despertar me protegió de la realidad. Sentí el peso de la manta, el silencio de la habitación y una memoria sensorial de calor y seguridad que aún vibraba en mi piel.

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