Mundo ficciónIniciar sesiónHubo un silencio prolongado, tan denso que Darío pensó que la conexión se había cortado.
— ¡Joven Ferraro, es un milagro! Los noticieros dicen que usted y la joven Elena murieron... — El anciano respondio con alegría juntando las manos en agradecimiento al cielo.
— Los noticieron mienten, estamos vivos, estamos en Roma, y estamos listos.
— Gloria a Dios, he rezado por este momento — El tono de Giubilei se transformó de la cautela al fervor. Era un hombre de fe, pero también un jugador político que había invertido su reputación en desenmascarar a Visconti, y con él a su mayor socio, Greco.
— Ha llegado la hora.
— ¿La hora de qué, hijo mío?
— La hora de que el Senado se inunde de fuego, Eminencia, solo usted lo puede hacer, es la única persona con la investidura y la credibilidad para ha







