Darío se echó para atrás, la silla rechinó sobre la madera, un sonido vulgar y estridente que rompió el silencio aturdido de la sala. Sus ojos seguían fijos en la pantalla y su respiración era rápida, superficial, el esfuerzo de un hombre que ha sido arrojado sin previo aviso a aguas gélidas.
El nombre, el puto nombre, escrito en una tipografía notarial e impersonal, parecía una burla grabada en el tiempo.
—Darío Greco — Leyó en voz baja, la sílaba final le quemó la lengua — Darío… Greco.
El documento frente a él era un acta de nacimiento modificada, o quizás el original ¡qué diablos da!
Detallaba un nacimiento en el mismo hospital privado de Roma, en la misma fecha crucial, pero tres minutos antes del que siempre había creído era el suyo.
Volvió a leer sin terminar de creérselo.
Nombre del Niño: Darío Greco.
Nombre del Padre: Stefano Greco.
Nombre de la Madre: Alessia Mancini.
—¡Alessia Mancini! — Escupió Darío, y su puño golpeó la mesa con el temblor desesperado de quien intenta des