Darío se echó para atrás, la silla rechinó sobre la madera, un sonido vulgar y estridente que rompió el silencio aturdido de la sala. Sus ojos seguían fijos en la pantalla y su respiración era rápida, superficial, el esfuerzo de un hombre que ha sido arrojado sin previo aviso a aguas gélidas.
El nombre, el puto nombre, escrito en una tipografía notarial e impersonal, parecía una burla grabada en el tiempo.
—Darío Greco — Leyó en voz baja, la sílaba final le quemó la lengua — Darío… Greco.
El do