LA MESA EQUIVOCADA

LA MESA EQUIVOCADA

[AMARA]

Luca tarda exactamente seis minutos en preguntarme si estoy haciendo esto para molestar a mi padre.

—No.

—Amara.

—No todo lo que hago tiene como objetivo atormentar a Dante Bellori.

Aparta la vista de la ventana y me observa desde el asiento trasero. Kael conduce, aunque mi padre tiene suficientes choferes como para que todavía no entienda por qué mi nuevo guardaespaldas necesita hacer también ese trabajo. Según él, cuantas menos personas intervengan en mis desplazamientos durante los próximos días, mejor.

Según yo, todos se han vuelto paranoicos.

—¿Quieres que te recuerde que hace menos de veinticuatro horas alguien intentó matarte? —pregunta Luca.

—No hace falta. Tengo un corte en el brazo, tres llamadas perdidas de la policía y un hombre armado viviendo en mi casa. Difícil olvidarlo.

Los ojos de Kael se mueven hacia el retrovisor.

—¿Algo que añadir, Brenner?

—No.

—Estabas mirando.

—Es un espejo. Para eso sirve.

Luca sonríe.

—Ahora entiendo por qué te cae mal.

—No me cae mal.

Kael vuelve a buscarme a través del espejo.

—Me tranquiliza.

—No dije que me cayeras bien.

—Eso habría sido preocupante. Nos conocemos desde esta tarde.

Miro hacia la ventana para ocultar una sonrisa.

Es irritante. Mucho. También es demasiado atractivo para ser un hombre que voy a tener siguiéndome durante quién sabe cuánto tiempo, y ya lo había notado esta tarde. Habría tenido que perder la vista durante el atentado para no hacerlo.

Kael es alto, de hombros anchos y cuerpo atlético, con una apariencia bastante distinta del tipo de hombre que normalmente llama mi atención. Su cabello es rubio oscuro, más claro bajo determinadas luces, y sus ojos tienen un tono entre azul y gris que todavía no consigo definir.

No tiene la belleza perfectamente construida de Luca. Mi novio es uno de esos hombres que siempre ha sabido que es atractivo porque el resto del mundo se ha encargado de recordárselo.

Kael tiene algo diferente. Más áspero. Menos evidente. Una clase de atractivo que obliga a mirar una segunda vez para descubrir qué fue exactamente lo que llamó la atención la primera.

Y llevo mirándolo demasiadas veces para una mujer que tiene a su novio sentado al lado.

Luca entrelaza los dedos con los míos.

—Podemos irnos temprano.

—No.

—No tienes que demostrar nada.

—No estoy demostrando nada. La cena estaba organizada desde hace semanas y necesito hacer algo normal.

Esta noche recibimos a varios inversionistas y ejecutivos relacionados con una de las próximas aperturas del grupo. Mi presencia no es imprescindible, pero sí esperada. Después de pasar la mañana entre médicos, policías, llamadas, preguntas y una familia que parece haberse puesto de acuerdo para no dejarme respirar sola durante más de cinco minutos, necesito sentarme en una mesa y hablar de hoteles, contratos y cualquier otra cosa que no incluya la palabra disparo.

Luca me conoce lo suficiente para entenderlo.

—Una hora —propone.

—Dos.

—Noventa minutos.

—Hecho.

—¿Siempre negocian hasta para cenar? —pregunta Kael.

Lo miro por el retrovisor.

—Pensé que no tenías nada que añadir.

—Cambió la conversación.

—Concéntrate en conducir.

—Eso hago.

Luca se ríe y me besa la mano.

—Me gusta.

—No lo animes.

La expresión de Kael no cambia, aunque algo me dice que está disfrutando demasiado.

Atravesamos el puente hacia Miami Beach mientras la última luz de la tarde desaparece sobre la bahía. La noche está agradable, con esa brisa de marzo que todavía permite estar afuera sin sentir que la humedad se ha instalado directamente sobre la piel.

Desde el automóvil, Miami parece exactamente igual que ayer y eso es probablemente lo que más me molesta.

Debería haber algo diferente, alguna señal de que mi vida cambió anoche. Sin embargo, hay gente caminando por las aceras, terrazas llenas, música saliendo de los restaurantes y automóviles atrapados en el tráfico. Nadie sabe que ayer un desconocido levantó una pistola en un pasillo y decidió que yo no debía llegar viva a mi apartamento.

Luca acaricia mis dedos con el pulgar.

—¿En qué piensas?

—En nada.

—Mentira.

Lo miro.

—En que odio que todo siga exactamente igual.

No necesito explicarle a qué me refiero.

—Eso es bueno.

—No se siente así.

—Lo sé.

Acerca mi mano a sus labios y la besa.

Kael no vuelve a mirar por el retrovisor.

[…]

El restaurante está lleno cuando llegamos.

Kael entra al área del valet, pero no entrega las llaves. Un empleado se acerca y él baja la ventanilla.

—Se quedan conmigo.

—Señor, normalmente los vehículos deben—

—Esta noche no.

No sé qué expresión le dedica, pero el empleado deja de discutir.

—Por supuesto.

—¿También intimidas a los valet? —pregunto.

Kael apaga el motor.

—Solo a los que intentan llevarse el vehículo que puedo necesitar para sacarla de aquí.

—Qué encantador.

—Espere a conocerme mejor.

Abre su puerta antes de que pueda responder. Luca sale por su lado y yo intento hacer lo mismo, pero Kael aparece junto a mi puerta primero y la abre.

—Puedo abrir una puerta.

—No lo dudo.

—Entonces no necesitas hacerlo.

—Tampoco necesito discutirlo cada vez.

Bajo del vehículo y termino mucho más cerca de él de lo que esperaba.

Mis tacones reducen parte de la diferencia de altura, aunque todavía tengo que levantar ligeramente la cara para mirarlo. Kael no retrocede y durante un instante quedamos frente a frente, suficientemente cerca para que pueda percibir su perfume y distinguir una pequeña línea más clara junto a su mandíbula que parece ser una cicatriz antigua.

Entonces sus ojos bajan hacia mi boca.

Es rápido.

Apenas una fracción de segundo.

Pero ocurre.

Y la respuesta de mi cuerpo es tan inmediata que me molesta.

No debería importarme que Kael Brenner mire mi boca. Mucho menos debería sentir curiosidad por lo que pasaría si no hubiera un restaurante lleno de personas detrás de nosotros y mi novio a menos de dos metros.

Los ojos de Kael regresan a los míos.

—Tenemos gente esperando —dice Luca.

Me aparto inmediatamente.

—Entonces entremos.

Kael cierra la puerta sin decir nada.

[…]

Cuarenta minutos después, comienzo a pensar que Luca tenía razón y debería haberme quedado en casa.

No por seguridad.

Por las preguntas.

—Amara, cariño, nos enteramos esta mañana. Qué horror.

—Estoy bien.

—¿Pero fue realmente un disparo?

—Tres —responde Luca antes de que pueda hacerlo yo.

Le aprieto la rodilla debajo de la mesa.

—Gracias.

—De nada.

La mujer sentada frente a nosotros abre los ojos.

—¿Tres?

—Ninguno me alcanzó.

—Eso es un milagro.

Sonrío porque aparentemente eso es lo que debo hacer.

Somos dieciocho alrededor de la mesa. Hay ejecutivos, dos inversionistas, sus parejas y varios miembros del equipo Bellori. Mi padre debía estar aquí, pero decidió quedarse en casa después de que mi madre prácticamente amenazara con sedarme para impedirme salir. Alessandro también canceló.

Yo me negué.

Ahora tengo que repetir por quinta vez que estoy bien.

La conversación finalmente cambia hacia la nueva propiedad y consigo participar durante casi quince minutos sin que nadie mencione lo ocurrido. Hablo de la apertura, de la estrategia para los restaurantes y de una reunión que tendremos la próxima semana con el equipo de diseño.

Esto sí lo conozco.

Aquí no soy la mujer a la que intentaron matar. Soy Amara Bellori, vicepresidenta del grupo, y puedo defender una decisión financiera sin que nadie me pregunte si tengo miedo de dormir sola.

—Si conseguimos mantener el calendario, podríamos adelantar la apertura del restaurante —digo.

—Eso suponiendo que Nueva York apruebe los cambios —responde uno de los ejecutivos.

—Nueva York aprobará los cambios.

—¿Tan segura estás?

—No les voy a dar demasiadas opciones.

Luca sonríe junto a mí.

—Ahí está la Bellori.

—Nunca se fue.

La conversación continúa y, sin darme cuenta, vuelvo a buscar a Kael.

Está de pie cerca de la barra, suficientemente lejos para no formar parte de nuestra cena y suficientemente cerca para observarlo todo. Se quitó la chaqueta al entrar y la lleva doblada sobre un brazo. No mira su teléfono, no bebe y apenas ha cambiado de posición desde que llegamos.

Está trabajando.

Y aun así, cada cierto tiempo sus ojos encuentran los míos.

No sonríe.

Yo tampoco.

Simplemente ocurre.

—¿Quién es?

La pregunta de Valentina Rossi, sentada dos lugares más allá, consigue que aparte la mirada.

—¿Quién?

Ella hace un pequeño gesto con la copa.

—El hombre de la barra.

Luca responde antes que yo.

—Seguridad.

Valentina vuelve a mirarlo.

—¿Seguridad?

—Mi nuevo guardaespaldas —aclaro.

Su expresión cambia inmediatamente.

—¿Dónde solicito uno?

Me río.

—Te lo presto.

Kael gira la cabeza en ese preciso instante.

Nuestros ojos se encuentran desde el otro lado del restaurante y, aunque sé que es imposible que me haya escuchado con todo el ruido que nos rodea, la forma en que me mira consigue que durante un segundo parezca exactamente lo contrario.

—No creo que funcione así —dice Luca.

Lo miro.

—¿Qué?

—Prestar al guardaespaldas.

—Era una broma.

—Ya sé.

Luca me besa la sien.

Es un gesto completamente normal entre nosotros. Lleva cuatro años haciéndolo en restaurantes, aeropuertos, ascensores y reuniones. Sin embargo, esta vez soy demasiado consciente de que Kael está a pocos metros.

Me niego a volver a buscarlo.

—¿Y ustedes? —pregunta Valentina.

—¿Nosotros qué?

—Cuatro años juntos. Creo que ya puedo hacer la pregunta.

Sé cuál es antes de que termine.

—¿Cuándo se casan?

Luca se ríe.

—Cuando consiga convencerla.

Varias personas alrededor de la mesa reaccionan con bromas y comentarios. Yo tomo mi copa.

—No sabía que estabas intentándolo.

—Llevo cuatro años intentándolo.

—Curiosa estrategia. Nunca lo mencionas.

—Estoy esperando el momento adecuado.

—Eso suena peligrosamente poco preparado para ser abogado.

Luca se inclina hacia mí.

—¿Quieres que te lo pregunte ahora?

—Si sacas un anillo delante de dieciocho personas, salto por la ventana.

La mesa estalla en risas.

Luca también.

—Por eso no lo hago.

Me besa la mejilla y la conversación continúa, pero algo de lo que acaba de ocurrir permanece conmigo.

No porque Luca haya hablado de matrimonio. No es la primera vez que aparece el tema después de cuatro años juntos.

Es porque, por alguna razón que no quiero analizar, vuelvo a mirar hacia la barra.

Kael ya no está mirándome.

Está observando hacia el exterior.

Su postura ha cambiado.

Es una diferencia mínima que probablemente nadie más notaría, pero llevo toda la noche siendo demasiado consciente de él. Ya no parece relajado contra la barra. Está completamente erguido y sus ojos permanecen fijos en algún punto más allá de los ventanales.

Sigo la dirección de su mirada.

—¿Amara?

Luca consigue mi atención.

—¿Qué?

—Te preguntaba si vas a Miami Beach mañana.

—Sí. Tengo la visita a las once.

Respondo y regreso a la conversación, aunque unos minutos después vuelvo a buscar a Kael.

Continúa mirando hacia la calle.

Esta vez tiene el teléfono en la mano.

No parece estar escribiendo.

Parece estar fotografiando algo.

Una incomodidad lenta comienza a instalarse en mi estómago.

Intento concentrarme en lo que Luca está diciendo, pero cuando miro nuevamente hacia la barra, Kael ya no está allí.

Recorro el restaurante con los ojos.

Nada.

—¿Estás bien? —pregunta Luca.

—Sí.

—Estás distraída.

—Estoy cansada.

Luca me observa como si no terminara de creerme, pero alguien le hace una pregunta desde el otro extremo de la mesa y su atención se desvía.

Busco a Kael una vez más.

No sé por qué me preocupa no verlo. Hay suficiente seguridad en el restaurante y llevo toda mi vida sin necesitar saber dónde está un guardaespaldas.

Han pasado menos de cinco horas desde que conocí a este hombre y ya estoy buscándolo en una habitación llena de personas.

Eso sí debería preocuparme.

Una mano toca mi hombro.

Mi cuerpo se tensa antes de que consiga evitarlo.

—Tranquila.

Reconozco su voz junto a mi oído.

Giro la cabeza y encuentro a Kael inclinado hacia mí. La expresión burlona que ha utilizado conmigo durante toda la tarde ha desaparecido.

—Necesito que venga conmigo.

—¿Por qué?

—Ahora, Amara.

Luca lo escucha y se incorpora inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Kael no responde enseguida. Sus ojos vuelven hacia los enormes ventanales que ocupan uno de los laterales del restaurante y después regresan a mí.

—Hay alguien afuera observándola.

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