Mundo ficciónIniciar sesión[KAEL]
A las cinco y doce de la tarde ya conozco tres formas de entrar en la casa de Dante Bellori sin utilizar la puerta principal.
No porque esté buscándolas. Al menos, no oficialmente.
Mercer lleva casi una hora mostrándome la propiedad y, mientras él habla de cámaras, sensores y protocolos de emergencia, yo hago lo que aprendí mucho antes de convertirme en el hombre al que Dante Bellori acaba de confiarle la vida de su hija: observo.
La residencia tiene dos accesos terrestres, uno principal y otro destinado al personal, proveedores y determinados vehículos de servicio. El perímetro posterior termina en el agua, donde un muelle privado añade una tercera posibilidad que el sistema intenta compensar con cámaras térmicas y sensores de movimiento.
La seguridad es buena. Muy buena, en realidad. Pero ningún sistema es perfecto, especialmente cuando una de las personas que vive dentro está acostumbrada a entrar y salir sin informar a nadie.
—¿Alguna pregunta? —pregunta Mercer cuando terminamos de revisar el exterior.
—Varias.
—Eso me preocupa.
—Debería preocuparle más si no tuviera ninguna.
Me dedica la misma expresión de disgusto contenido que lleva ofreciéndome desde que llegué.
Regresamos al interior y el aire acondicionado resulta casi frío después de haber caminado bajo el sol de la tarde. Marzo todavía es lo suficientemente amable como para que Miami no se sienta como una sauna, pero el calor se ha quedado atrapado en mi camisa.
—Su habitación está en el ala este —explica Mercer mientras avanzamos—. Es una de las habitaciones que utilizamos cuando tenemos seguridad adicional en la propiedad. Tiene baño privado y acceso rápido tanto a la entrada principal como al corredor interior.
—¿Dónde duerme Amara?
Mercer me mira de reojo.
—En su ala.
—Necesito algo más específico.
—El extremo suroeste de la propiedad. Hace años se remodeló esa parte de la casa para darle independencia. Tiene dormitorio, vestidor, baño, sala privada, oficina y terraza. También tiene acceso propio al jardín.
Me detengo.
—¿Acceso propio?
—Sí.
—¿Directamente desde el exterior?
—Desde su sala privada.
—Eso es un problema.
—Ya lo sé.
—¿Está alarmado?
—Todo está alarmado.
—No fue lo que pregunté.
Mercer exhala con impaciencia.
—El sistema registra cuando se abre. Desde esta mañana necesita autorización para desactivarse durante la noche.
—¿Desde esta mañana?
—Sí.
No necesito preguntar qué cambió entre ayer y hoy.
—¿Ella lo sabe?
Mercer me mira.
—Todavía no.
Sonrío sin humor.
—Entonces me alegra que vaya a ser usted quien se lo diga.
—Ahora es su problema.
—Yo evito que la maten. Usted puede explicarle por qué ya no puede abrir una puerta de su propia casa.
—Va a descubrir muy pronto que ambas cosas pueden estar relacionadas.
Seguimos caminando.
No sé si Mercer acaba de hacer una broma. Empiezo a sospechar que quizá no sabe cómo.
Mi habitación está al final de un corredor discreto que conecta con una escalera lateral. Es amplia, mucho mejor que cualquier espacio que necesitaría para una asignación temporal, y tiene una ventana orientada hacia uno de los jardines.
Dejo el bolso sobre la cama.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí el anterior?
Mercer permanece junto a la puerta.
—¿Anterior qué?
—Guardaespaldas.
—Amara nunca tuvo uno.
Eso consigue mi atención.
—¿Nunca?
—Ha tenido seguridad en determinados viajes, eventos y apariciones públicas, como todos los Bellori. Nunca protección permanente.
—Hasta ayer.
—Hasta ayer.
Abro el armario.
—¿Y qué cambió?
Mercer me mira como si la respuesta fuera evidente.
—Alguien intentó matarla.
—Eso explica por qué necesita protección. No explica por qué alguien intentó matarla.
Su expresión se cierra.
—Su trabajo es evitar que vuelva a ocurrir.
—Normalmente saber por qué alguien quiere matar a una persona ayuda bastante a mantenerla con vida.
—Cuando tengamos información que necesite conocer, la tendrá.
No voy a obtener nada más de él, así que cambio de dirección.
—Necesito revisar el ala de Amara.
—Lo sé.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Eso no me lo esperaba.
—¿Ella está de acuerdo?
Mercer empieza a caminar.
—No le pregunté.
Lo sigo.
—Empieza a caerme mejor.
—No se acostumbre.
Atravesamos buena parte de la casa hasta llegar a un corredor donde el diseño cambia sutilmente. Sigue formando parte de la residencia, pero desaparece parte de la formalidad de las zonas comunes. Hay fotografías en las paredes, libros sobre una consola y una pequeña escultura que dudo que Dante Bellori haya escogido.
—A partir de aquí es el espacio de Amara —dice Mercer.
—¿Todo?
—Todo.
Ahora entiendo por qué sigue viviendo en la residencia familiar.
No es un dormitorio dentro de la casa de sus padres. Es prácticamente una vivienda integrada en la propiedad.
Mercer toca el timbre interior.
Nada.
Vuelve a hacerlo.
—Amara.
—¿Tiene que pedir permiso para entrar?
—Yo sí.
—¿Y yo?
—Especialmente usted.
La puerta se abre.
Amara aparece con pantalones negros y una camiseta blanca sencilla. Lleva el cabello húmedo, sin maquillaje, y por primera vez puedo ver claramente el pequeño corte cerca de su sien y el vendaje que cubre parte de su brazo.
Mis ojos se detienen allí un instante.
Ella lo nota.
—No es nada.
—No pregunté.
—Pero estabas mirando.
—Es mi trabajo.
—Todavía no has empezado.
—Alguien debería avisarle a su padre.
Amara dirige la mirada hacia Mercer.
—¿Qué quieren?
—Brenner necesita revisar tu ala.
—No.
Mercer me mira.
Yo lo miro.
—Eso fue rápido —digo.
—¿Qué parte necesitas revisar?
—Todo.
—Define todo.
—Entradas, ventanas, terraza, rutas de salida, puntos ciegos, sistema de alarma y cualquier acceso que pueda utilizar alguien que no debería estar aquí.
—¿Mi dormitorio?
—Sí.
—¿Mi baño?
—Si tiene ventanas o acceso exterior.
Sus ojos se estrechan.
—¿Mi vestidor?
—¿Tiene acceso exterior?
—No.
—Entonces sus zapatos están a salvo.
Durante un segundo intenta no sonreír.
No lo consigue completamente.
—Eres insoportable.
—Eso tampoco afecta el protocolo.
Amara abre más la puerta.
—Cinco minutos.
—Necesitaré más.
—Entonces trabaja rápido.
Mercer se aleja antes de que ella pueda cambiar de opinión.
Traidor.
Entro.
El espacio de Amara se parece mucho menos al resto de la mansión de lo que esperaba. La sala es amplia, pero cálida, con muebles claros, madera, libros, fotografías y enormes puertas de cristal que conducen a una terraza privada. Más allá se extiende parte del jardín y, a cierta distancia, el agua.
No parece un espacio diseñado por Dante.
—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí?
—Desde que nací.
—Me refiero a esta parte.
—La remodelamos cuando regresé a Miami después de la universidad. Mi padre quería que me quedara en la casa y yo quería un lugar donde pudiera cerrar una puerta.
—Parece que ambos ganaron.
—Mi padre suele asegurarse de que las negociaciones terminen así.
Me acerco a las puertas de la terraza y compruebo la cerradura.
—Mercer dijo que tiene acceso independiente.
—Sí.
—A partir de esta noche estará restringido.
Amara se queda en silencio.
Levanto la mirada.
—¿No se lo dijo?
—¿Restringido cómo?
Maldigo internamente a Mercer.
—El sistema no permitirá desactivar esta salida durante la noche sin autorización.
—¿Autorización de quién?
—Seguridad.
—Esta es mi casa.
—Precisamente por eso alguien sabe dónde encontrarla.
La frase sale más dura de lo que pretendía.
Su expresión cambia.
No mucho, pero suficiente.
—Eso fue bajo.
—No pretendía serlo.
—Pues lo fue.
Se acerca hasta quedar frente a mí.
—Anoche alguien intentó matarme en un edificio con recepción, cámaras, ascensores controlados y seguridad privada. No necesito que hoy todos los hombres de mi vida decidan que la solución es quitarme cualquier libertad que todavía tengo.
—No estoy intentando quitarle nada.
—Vas a seguirme a todas partes.
—Sí.
—Vas a saber dónde duermo.
—Sí.
—Con quién estoy.
—Mientras afecte su seguridad.
—Y ahora vas a controlar cuándo puedo abrir una puerta de mi propia casa.
—No. Voy a intentar asegurarme de que nadie vuelva a estar al otro lado con una pistola.
El silencio se instala entre nosotros.
Sus ojos permanecen sobre los míos y por primera vez desde que la conocí no hay desafío en ellos.
Hay miedo.
No dura demasiado.
—Odio que tengas una respuesta para todo.
—No la tengo.
—Hasta ahora sí.
—Deme tiempo.
Eso consigue una pequeña sonrisa.
Continúo con la inspección.
Su dormitorio está separado de la sala por un pequeño corredor. Es amplio, pero no exagerado, con ventanales hacia el jardín y una cama que ocupa el centro de una pared revestida en madera clara. Hay fotografías sobre una cómoda y una chaqueta masculina colgada en el respaldo de una silla.
No necesito preguntar de quién es.
Amara me observa mirando.
—¿Algo sospechoso?
—Una chaqueta.
—Muy peligrosa.
—Podría interrogarla.
—Es de Luca.
—Imaginé.
No debería haber nada en mi tono.
Ella parece escuchar algo de todas formas.
—¿También sabes quién es Luca?
—Sé quiénes son las personas cercanas a usted.
—¿Antes de conocerme?
La pregunta llega con demasiada precisión.
Me giro hacia la ventana para comprobar el cierre.
—Antes de aceptar el trabajo.
No es exactamente lo mismo.
—Eso es un sí.
—Es sentido común.
—Para un guardaespaldas.
—Protección ejecutiva.
—Voy a seguir llamándote guardaespaldas.
—Voy a sobrevivir.
Escucho su risa detrás de mí y, contra todo criterio, me gusta.
Termino de revisar el dormitorio, el baño y la terraza. Cuando regresamos a la sala, alguien está esperando junto a la entrada.
Bianca Bellori.
—Espero no interrumpir.
—Kael está invadiendo mi privacidad —responde Amara.
Bianca me mira.
—¿Kael?
Hay algo en su expresión.
Dura tan poco que podría imaginarlo.
—Kael Brenner —me presento.
Su mirada permanece sobre mí un instante más de lo necesario.
—Bianca Bellori.
—Un placer.
—Kael es un nombre poco común.
Ahí está otra vez esa pausa.
Amara se deja caer sobre uno de los sofás.
—Mamá, por favor no empieces a investigar su árbol genealógico.
Bianca sonríe, aunque sigue observándome.
—Mi madre tenía la costumbre de preguntar de dónde venía todo el mundo. Parece que heredé algo de ella.
—Mi familia es europea.
Es una respuesta suficientemente amplia para ser inútil.
—¿Alemania?
La pregunta me sorprende.
No lo demuestro.
—En parte.
—Lo imaginé.
—¿Por qué?
Bianca tarda un segundo.
—El aspecto.
Es posible.
Mi cabello rubio oscuro, la piel clara y determinados rasgos hacen que no sea una deducción extraordinaria.
Aun así, la archivo.
Amara mira a su madre.
—¿Venías por algo?
—Quería comprobar cómo estabas.
—Igual que hace veinte minutos.
—Después de anoche tengo derecho a comprobarlo cada diez si quiero.
La expresión de Amara se suaviza.
—Estoy bien.
Bianca se acerca y le acaricia el cabello antes de besarla en la frente.
La escena me incomoda por motivos que no deberían importarme.
He pasado años convirtiendo a los Bellori en nombres dentro de archivos. Resulta mucho más sencillo odiar a una familia cuando no la ves comportarse como una.
—Dante dice que permanecerá aquí mientras exista una amenaza —me dice Bianca.
—Ese es el acuerdo.
—Entonces espero que se sienta cómodo en nuestra casa.
—Gracias.
Amara se inclina hacia atrás.
—Papá dijo que sería hasta que supiéramos qué ocurrió.
Bianca se queda inmóvil.
Solo un instante.
—¿Qué quieres decir?
—En el hospital. No dijo hasta que supiéramos quién intentó matarme. Dijo hasta que entendiéramos qué ocurrió.
—Amara, estabas alterada.
—Recuerdo perfectamente lo que dijo.
La mirada de Bianca se mueve hacia mí antes de volver a su hija.
—Estás buscando significados donde probablemente no los hay.
—Puede ser.
Pero Amara no parece creerlo.
Bianca cambia de tema y unos minutos después se marcha.
Yo espero hasta que la puerta se cierra.
—Su madre está preocupada.
—Intentaron matar a su hija. Sería extraño que no lo estuviera.
—No me refería solo a eso.
Amara me observa con atención.
—¿A qué te referías?
Demasiado pronto.
—A nada.
—No pareces un hombre que diga cosas sin motivo.
—Nos conocemos desde hace unas horas.
—Y ya sé que eres irritante, arrogante y demasiado observador. Diría que estoy avanzando bastante rápido.
Sonrío.
—¿Siempre analiza así a las personas?
—Cuando van a vivir bajo mi mismo techo, sí.
—Técnicamente es el techo de su padre.
La expresión que me dedica consigue que me ría.
—No vuelvas a decir eso delante de mi madre si quieres sobrevivir aquí.
—Lo tendré presente.
Me dirijo hacia la salida.
—Brenner.
Me giro.
—A las ocho significa a las ocho.
—Estaré listo.
Sus ojos bajan hacia mi ropa.
—Y no necesitas vestirte como si fueras a proteger al presidente.
—¿Alguna otra instrucción?
Me observa de arriba abajo con la misma falta de pudor que esta tarde.
—No. Creo que puedes resolverlo solo.
Salgo antes de concederle el placer de comprobar que esa mirada tiene algún efecto.
Mi teléfono vibra cuando apenas he avanzado unos metros por el corredor.
Tengo algo del ataque. Llámame cuando estés solo. Hay un problema con las cámaras.
Leo el mensaje dos veces.
Después guardo el teléfono.
[…]
A las siete y cincuenta y seis estoy esperando en el vestíbulo.
No llevo traje. He elegido pantalón oscuro, camisa blanca, chaqueta ligera y el arma oculta donde puedo alcanzarla sin llamar la atención.
Mercer revisa algo en su teléfono cerca de la entrada.
—¿Dónde es la cena?
—Casa Mare.
Conozco el restaurante. Miami Beach. Valet, entrada concurrida, demasiadas personas y varias salidas.
—¿Reserva privada?
—No.
—¿Cuántas personas?
Mercer levanta la vista.
—Pregúntele a ella.
Escucho los tacones antes de verla.
Me giro y durante unos segundos odio profundamente mi trabajo.
Amara aparece desde el corredor principal con un vestido verde oscuro que deja sus hombros al descubierto y se ajusta a su cuerpo antes de caer por debajo de las rodillas. Lleva el cabello suelto, maquillaje discreto y el vendaje del brazo ha desaparecido, reemplazado por una pequeña cobertura color piel.
No debería importarme cómo se ve.
Me importa más de lo conveniente.
Sus ojos encuentran los míos.
—¿Algún problema, Brenner?
—Ninguno.
—Estabas mirando.
—Es mi trabajo.
Su sonrisa me dice que recuerda haber utilizado exactamente la misma frase unas horas antes.
—Qué trabajo tan exigente.
Antes de que pueda responder, la puerta principal se abre y un hombre entra con la familiaridad de quien no necesita preguntar si puede hacerlo.
Alto, cabello oscuro, traje azul sin corbata.
Lo reconozco inmediatamente.
Luca Ferraro. Treinta y seis años, abogado corporativo y pareja de Amara desde hace cuatro.
Sabía que existía.
Lo que no sabía era que iba a conocerlo esta noche.
La expresión de Amara cambia cuando lo ve. No hay sorpresa, sino familiaridad. Luca cruza directamente hacia ella, coloca una mano sobre su cintura y la besa en la boca con la naturalidad de un hombre que lleva años haciéndolo.
No es un beso exagerado ni posesivo.
Precisamente por eso resulta peor.
Aparto la mirada hacia la entrada.
Esto debería facilitarme las cosas.
—Tú debes ser el nuevo guardaespaldas —dice Luca.
Vuelvo a mirarlo.
Amara continúa junto a él, con la mano de Luca todavía apoyada en su cintura.
—Kael Brenner.
Luca extiende la mano.
—Luca Ferraro.
La estrecho.
—Sé quién es.
Amara arquea una ceja.
—¿También hiciste tu tarea con mi novio?
La palabra no debería producir absolutamente nada.
—Hice mi tarea con todos los que están cerca de usted.
Ella sostiene mi mirada durante un instante.
—Entonces esta noche vas a divertirte.
—¿Por qué?
Luca sonríe.
—Porque no vamos a cenar solos.
Mercer me entrega las llaves del vehículo.
—¿Cuántas personas? —pregunto.
Amara comienza a caminar hacia la puerta tomada del brazo de Luca. Antes de salir, vuelve la cabeza hacia mí.
—Unas veinte.
La observo durante un segundo.
Alguien intentó matarla hace menos de veinticuatro horas y mi primera noche protegiéndola acaba de convertirse en una cena con veinte personas en Miami Beach.
Mercer tenía razón.
Amara Bellori va a ser un problema.







