La noche cayó como una losa pesada, gélida y definitiva sobre la suite presidencial. La furia territorial y salvaje de la tarde se había enfriado paulatinamente, dejando en su lugar una posesividad glacial, inflexible y eterna. Mi mano derecha permanecía firmemente anclada sobre el vientre de Madeline, incluso mientras ambos simulábamos dormir bajo las pesadas mantas de piel; se había convertido en el único soporte vital para mantener a mi lobo en un estado de quietud. La paz biológica en la ha