Valentina llegó al penthouse pasadas las nueve y media. El ascensor privado abrió sus puertas con ese zumbido suave y familiar que siempre la recibía como un suspiro de alivio después de un día largo en Harley Street. Llevaba el abrigo aún puesto, el maletín de cuero negro en una mano y una bolsa de farmacia en la otra, había comprado ibuprofeno para el dolor de cabeza que empezaba a latir en las sienes.
El pasillo estaba iluminado solo por la luz cálida de las lámparas de pared; el salón prin