La luz del sol londinense entraba por los ventanales del penthouse. El rompecabezas de mil piezas… una vista aérea del Támesis en crepúsculo… ocupaba casi todo el centro del salón. Matteo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra, con la espalda recta. Faltaban tres piezas. Siempre las dejaba para el final, como si necesitara saborear la espera de completar aquel rompecabezas.
Valentina fue la primera en romper el silencio.
— No. —dijo mirándolo fijamente.
No levantó la voz... No hizo un gesto exagerado… Pero esa sola palabra bastó para tensar el aire como un cable a punto de romperse. El sonido del tráfico lejano pareció apagarse de golpe.
Matteo no levantó la mirada, siguió buscando el borde azul oscuro de una pieza que encajaba en el puente de Westminster. Sabía que, si la miraba ahora, su madre vería en sus ojos la misma determinación que tanto la asustaba. Y él no quería hacerle más daño del necesario.
— No estoy pidiendo permiso para salir a la calle… —añadió con