Valentina cerró los ojos un segundo. Respiró. El perfume de él la envolvío mareandola y mezclándose con el olor a madera y a whisky.
Recordó la primera vez que lo había visto en una cena familiar, sentado a la cabecera de la mesa, observándola como si ya supiera que ella sería un problema.
Dante le había apretado la mano por debajo del mantel. “No le hagas caso”, le había susurrado. Pero ahora, sola en ese despacho, el recuerdo se sentía frágil.
— Usted no me conoce —replicó ella, sin girarse