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Pero Nefertari no se movía. No podía. Sus ojos buscaban a Ahmose en medio del caos. Él, con su espada brillando bajo la luz de las antorchas, era el centro de una pequeña tormenta de acero. Las figuras de los guardias de Menkat, con sus túnicas de color rojo oscuro, se cernían sobre él. Ahmose se movía con la ferocidad de un león acorralado, un destello de furia y dolor. Vio cómo una herida en su brazo izquierdo manaba sangre, tiñendo el lino de su túnica.
—¡Nefertari, entra! —gritó Ahmose.