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Había pasado una semana. La nueva casa de Hori en las afueras de la ciudad era espaciosa, de adobe bien revocado y techo de paja gruesa, mucho más grande que la humilde vivienda en el barrio del puerto. En el centro de la habitación principal, un brasero de cobre emitía un calor agradable, disipando el frío de la noche. Sus hijos dormían plácidamente en esteras individuales, cubiertos con mantas de lana suave, algo que antes no podían permitirse. Renenutet yacía a su lado en una cama de made