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Ahmose estaba de pie con los brazos cruzados observando a sus hombres. No eran muchos. Treinta guerreros curtidos, escogidos a mano. La élite. Estaban en silencio, terminando de atar sus monturas y ajustando las cinchas y revisando los últimos bultos. Los caballos nerviosos pataleaban la tierra con cascos impacientes.
Nebu se le acercó con su burda túnica de lino y la espada corta colgando de la cintura. —Están listos —dijo Nebu—. Y sedientos de sangre, si quieres mi opinión.
—La sed de