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Ahora el sol se había convertido en un martillo de bronce que golpeaba sin piedad el desierto. A esas horas del mediodía el calor era una bestia tangible. La arena se movía en ondas calientes que distorsionaban el aire y el horizonte se ondulaba como un espejismo. Los hombres de Ahmose iban en silencio con el rostro cubierto de polvo y el sudor secándose en la piel para dejar una costra salada. Los caballos con las cabezas gachas arrastraban las patas con esfuerzo.
Ahmose cabalgaba al frente