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El sol de la tarde castigaba el campamento. Ahmose no sentía el calor. No después de tantos años bajo ese mismo cielo de latón durante sus entrenamientos en los cuarteles de Menfis. Estaba sentado sobre una roca plana, a la sombra de un toldo de lona. Frente a él, Nebu, su lugarteniente, afilaba un cuchillo de bronce. Nebu tenía el rostro curtido y una cicatriz que le bajaba desde la ceja hasta el pómulo, un recuerdo de una escaramuza con tribus nubias años atrás.
—¿Y bien? —murmuró Nebu sin