Capitulo 111

El sol de la mañana apenas rozaba las columnas de la Gran Sala de Audiencias del Faraón Amonhoteph, pero el ambiente dentro del vasto recinto estaba lejos de la serenidad matutina.

Un mensajero, cubierto de polvo y con el aliento agitado, se postró ante el trono de oro. En su mano extendida, un rollo de papiro, sellado con un emblema que no pertenecía al Faraón: un halcón estilizado sobre una pirámide. El mensajero apenas pudo pronunciar las palabras.

—Mi… mi Faraón —jadeó el hombre—. Un mensaje. Del Sumo Sacerdote Imhotep. Lo trajo un… un hombre de aspecto rudo, cubierto de polvo del desierto, que desapareció tan pronto como me lo entregó. Insistió en que solo usted debía leerlo.

El Faraón Amonhoteph, majestuoso en su trono, sintió una punzada de inquietud. El sello no era el de un emisario oficial, ni el de un súbdito leal. Era una provocación. Su mano tomó el papiro, desenrollándolo con un gesto abrupto. Sus ojos recorrieron las
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