Mundo ficciónIniciar sesiónLas maletas estaban abiertas en el suelo del salón como fauces hambrientas esperando ser alimentadas con lino blanco y vestidos de seda. Pero Iris, sentada en medio del caos textil con una caja de cartón vieja entre las piernas, no estaba pensando en la Toscana. Estaba pensando en el día en que su vida se convirtió en un episodio de una telenovela de bajo presupuesto que nadie pidió ver.
—¿Vas a meter eso en la maleta o estás esperando a que cobre vida y se empaquete solo? —la voz de Mateo, que entraba con la confianza de quien ya tiene una llave imaginaria de su casa, la sobresaltó.
Iris cerró la caja de un golpe, pero no lo suficientemente rápido. Una fotografía antigua se deslizó por el suelo. Mateo se agachó y la recogió antes de que ella pudiera protestar.
En la imagen, una Iris más joven y con un rímel mucho más modesto sonreía abrazada a un Julián que aún no tenía ínfulas de místico, y a una chica rubia de sonrisa perfecta que sostenía una copa de champán.
—Vaya —dijo Mateo, estudiando la foto con su habitual intensidad de arquitecto—. Así que esta es Vanessa. No parecía una fanática del cacao sagrado en aquel entonces.
—En aquel entonces era mi mejor amiga —respondió Iris, y su voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. Éramos el "trío dinámico". Julián, Iris y Vanessa. Yo era la intensa que organizaba los viajes, él era el soñador que nunca traía dinero, y ella era la que siempre sabía qué filtro de I*******m nos favorecía más.
Iris se levantó y, buscando refugio en la cocina, empezó a preparar otro café amargo, aunque ya eran las seis de la tarde.
—Fue hace dos años —comenzó, mientras el sonido de la cafetera llenaba el silencio del apartamento 4C—. Julián me dejó una semana antes de nuestro aniversario. Dijo que necesitaba "encontrar su centro", que mi energía era como un huracán de categoría cinco y que él necesitaba... brisa marina.
Mateo se apoyó en la encimera, invadiendo su espacio personal de esa manera que hacía que el pulso de Iris se acelerara de forma no contractual.
—¿Y la brisa marina resultó ser Vanessa? —preguntó él suavemente.
—Exacto. Tres días después de que Julián sacara su cafetera de aquí, los encontré en el mismo restaurante donde celebramos nuestra primera cita. Vanessa no me miró a los ojos. Simplemente me dijo que "el universo los había alineado" y que esperaba que mi aura pudiera perdonarles algún día porque el amor no entiende de lealtades terrenales.
Iris soltó una risa amarga que terminó en un suspiro. —No solo me quedé sin novio, Mateo. Me quedé sin la persona a la que le contaba todo. Descubrí que llevaban meses "alineándose" a mis espaldas mientras yo les ayudaba a Vanessa a elegir su nuevo apartamento y a Julián a preparar su entrevista de trabajo.
—Es una vulnerabilidad de sistema clásica —la voz de Caleb llegó desde el pasillo. El "ogro" estaba apoyado en el marco de la puerta, con su eterno portátil bajo el brazo y una expresión que, por una vez, no era de puro desdén.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí, Caleb? —preguntó Iris, secándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano.
—Lo suficiente para saber que tu ex es un imbécil táctico —respondió él, entrando en la cocina y sirviéndose café sin pedir permiso —. Julián no te dejó porque fueras "demasiado". Te dejó porque eras el espejo que le recordaba constantemente lo mediocre que es. Vanessa es su cómplice porque es igual de superficial. Juntos son una burbuja de aire caliente que solo necesita un pinchazo.
Iris miró a sus dos vecinos. El arquitecto que fingía ser su prometido y el hacker que fingía ser su amigo cínico. De repente, la misión en la Toscana se sentía como algo más que un simple acto de despecho. Era una recuperación de territorio emocional.
—Vanessa cree que tiene el control porque te conoce, Iris —continuó Caleb, ajustándose las gafas —. Pero no conoce a esta Iris. No conoce a la Iris que tiene un "equipo de choque" en el cuarto piso de un edificio con olor a curry. Mi análisis indica que el factor sorpresa será devastador para su "equilibrio energético".
Mateo puso una mano sobre el hombro de Iris. No era un contacto de ensayo; era un gesto de apoyo real que se sentía cálido a través de su camiseta de "I Love NY".
—Esa invitación no es una invitación de boda, Iris —dijo Mateo—. Es un trofeo que quieren restregarte por la cara. Y nosotros vamos a asegurarnos de que el trofeo sea para la mujer que sobrevivió a ambos y que ahora tiene a dos hombres dispuestos a vestirse de "blanco integral" solo para verlos fallar.
Iris sonrió, y esta vez no fue para el espejo.
—Gracias, chicos —dijo ella, recuperando su energía maníaca—. Ahora, volvamos a las maletas. Caleb, he decidido que sí puedes llevar un servidor pequeño si eso ayuda a que Julián no pueda poner su lista de reproducción de "chill-out" espiritual.
—Ya está encriptado en mi equipaje, capitana —replicó Caleb con una mueca que casi parecía una sonrisa.
Mientras Mateo e Iris terminaban de organizar el vestuario para el "Blanco Integral", Iris guardó la foto vieja en el fondo del cajón más profundo. El pasado ya no tenía sitio en su maleta. La Toscana la esperaba, y por primera vez en dos años, no sentía que su aura fuera de asfalto mojado. Era de puro fuego.







