Mundo ficciónIniciar sesiónSi el "Tratado de la Toscana" había sido firmado con café amargo y purpurina en la seguridad del apartamento 4C, la puesta en escena requería un terreno mucho más hostil: el mundo exterior. Iris había decidido que no podían presentarse en un viñedo italiano sin haber practicado antes el arte de parecer seres humanos funcionales en público.
—No es una cena, es un entrenamiento táctico —había declarado Iris por el grupo de W******p que acababa de crear, titulado "Escuadrón Anti-Aura Pura".
El lugar elegido fue "La Mafia del Ravioli", un restaurante italiano de gama media que tenía la ventaja de estar lo suficientemente oscuro como para ocultar el pánico en los ojos de Mateo y la desgana existencial de Caleb.
Iris llegó primero, luciendo un vestido rojo que gritaba "estoy disponible pero soy peligrosa" y sus inseparables tacones de diseño sádico. Había dejado las pantuflas de conejo en casa, aunque sentía que le faltaba una parte de su personalidad.
Mateo apareció poco después. Llevaba una camisa blanca ligeramente desabrochada y una chaqueta de lino que hacía que Iris se preguntara si realmente era un arquitecto o un modelo de fragancias para hombres con secretos.
—Estás... —Mateo se detuvo, recorriendo a Iris con la mirada—... menos despeinada que de costumbre. Es un buen comienzo para el contrato.
—Céntrate, Mateo. Soy tu futura prometida, no tu vecina con problemas de rímel —le recordó ella, aunque sintió ese familiar cosquilleo eléctrico cuando él le ofreció el brazo para entrar.
Caleb llegó con cinco minutos de retraso, vistiendo una camiseta negra con un código binario que probablemente insultaba a los transeúntes y cargando su portátil.
—Ni se te ocurra abrir eso —advirtió Iris, señalando el ordenador con un dedo acusador.
—Es mi manta de seguridad —gruñó el "ogro", aunque lo dejó en la silla vacía con la delicadeza de quien posa a un recién nacido.
La cena comenzó con una tensión que se podía cortar con un cuchillo de pan. Caleb se dedicó a analizar la carta de vinos como si estuviera buscando una vulnerabilidad en el sistema de seguridad del Pentágono.
—Este vino tiene una descripción que viola las leyes de la termodinámica —sentenció Caleb, lanzando la carta sobre la mesa—. "Notas de sol de mediodía y brisa de esperanza". La esperanza no tiene aroma, Iris. El metanol, sí.
Cuando el camarero se acercó, Caleb ni siquiera levantó la vista. —Quiero algo que me haga olvidar que estoy en una cena temática con una capitana de desastres y un modelo de catálogo de muebles —dijo Caleb sin filtros.
Iris le dio una patada por debajo de la mesa. —Caleb, se supone que eres mi mejor amigo cínico, no un troll de internet que ha cobrado vida —susurró ella entre dientes.
—Soy un observador nato —se defendió él, ajustándose las gafas de montura negra—. Y observo que el camarero tiene un tic en el ojo izquierdo porque Mateo no deja de sonreír como si estuviera en un anuncio de dentífrico. Es perturbador.
Para compensar el vacío social de Caleb, Iris decidió que era el momento de probar la Cláusula de Contacto Físico.
—Mateo, cógeme la mano. Pero no como si me fueras a tomar el pulso, sino como si no pudieras vivir sin sentir mi dermis —ordenó ella.
Mateo obedeció. Su mano era grande, cálida y sorprendentemente segura. Entrelazó sus dedos con los de Iris sobre el mantel de cuadros.
—¿Así? —preguntó él, bajando la voz a un registro que hizo que Iris olvidara momentáneamente cómo se respiraba.
—Sí... bastante aceptable —respondió ella, intentando que su voz no sonara como la de un adolescente en su primera cita—. Ahora, Caleb, dinos qué ves. ¿Parecemos una pareja real o dos personas intentando no caerse de la silla?.
Caleb dejó de diseccionar su ravioli y los miró fijamente. Sus ojos, antes fríos, ahora parecían escáneres de alta resolución.
—Veo que Iris está tensando el trapecio derecho, lo que indica que está nerviosa o que el vestido le queda pequeño —comenzó Caleb con una franqueza desarmante —. Pero también veo que Mateo no la está mirando a las manos. La está mirando a la arteria carótida.
—¿A la qué? —exclamó Iris, soltando la mano de Mateo como si quemara.
—A la carótida —repitió Caleb—. Estás mirando cómo le late el pulso, Mateo. Es un rasgo de observación predatoria o de interés biológico genuino. Muy útil para el engaño. Julián no tiene esa capacidad de atención; es demasiado narcisista para mirar a alguien más de tres segundos seguidos.
A pesar de su evidente incapacidad para entablar una charla trivial sobre el tiempo, Iris se dio cuenta de algo fundamental: Caleb no era solo un gruñón antisocial. Era un observador preciso, alguien capaz de desmantelar las debilidades de los demás en segundos.
—Caleb —dijo Iris, apoyando los codos en la mesa—, eres un desastre social, pero eres nuestro arma secreta. En la boda, no necesito que hables con nadie. Necesito que mires a Julián y a Vanessa como acabas de mirarnos a nosotros. Encuentra sus grietas.
Caleb esbozó una sonrisa que, por primera vez, no parecía un gesto de dolor gástrico. —Vanessa usa una pulsera de cuarzo rosa para "equilibrar su energía". Eso indica una profunda inseguridad disfrazada de espiritualidad —analizó él sin pestañear —. Y Julián... Julián ha elegido un viñedo en la Toscana porque necesita el prestigio de la ubicación para compensar su falta de personalidad propia.
Mateo levantó su copa de vino (esta vez, afortunadamente, no era de brik). —Parece que el "ogro" ha hecho sus deberes —admitió con una nota de respeto en la voz.
La cena terminó con Iris sintiéndose extrañamente optimista. Había descubierto que Mateo era un actor nato —o que fingía muy bien su interés— y que Caleb era el analista que necesitaba para destruir el "Aura Pura" de su ex.
Mientras caminaban de vuelta al edificio del cuarto piso, el aire de la noche era fresco. Mateo seguía manteniendo su brazo protector alrededor de los hombros de Iris, alegando que "había que mantener la fachada hasta el portal".
—Mañana empezamos con las maletas —dijo Iris al llegar al ascensor—. Caleb, nada de llevar servidores en el equipaje de mano.
—Llevaré lo que necesite para la misión, capitana —replicó él, desapareciendo en su apartamento 4B con un portazo que hizo vibrar el pasillo, como era su costumbre.
Iris se quedó a solas con Mateo frente a la puerta del 4C. El silencio entre ellos ya no era el de dos vecinos que se quejan por el ruido de las herramientas, sino algo más denso, más... complejo.
—Buen ensayo, futura prometida —susurró Mateo, acercándose lo suficiente para que Iris volviera a oler su colonia de madera y cítricos.
Le dio un beso casto en la mejilla, justo en el borde de la mandíbula, y se retiró antes de que ella pudiera reaccionar.
Iris entró en su casa, se quitó los tacones y se puso sus pantuflas de conejo. Se miró al espejo. El rímel estaba intacto esta vez.
—Ensayo superado —murmuró, aunque su corazón, rebelde y sin contrato, seguía latiendo con una intensidad que nada tenía que ver con la venganza.







