El trayecto transcurrió en silencio, salvo por el suave murmullo de la música que salía de la radio y el ritmo de la respiración agitada de Lora.
Lora apoyó la cabeza contra el cuero frío del reposacabezas, con los ojos bien cerrados. Aún podía sentir la mirada de Liam sobre ella: esa mirada asfixiante y posesiva que solía hacerla sentir insignificante. Incluso ahora, a kilómetros de distancia de aquel balcón, se sentía como si estuviera cubierta de hollín.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó