El sol ya había empezado a ponerse cuando Lora se sentó al volante de su todoterreno. Se sentía más ligera después de ver a Ava, y escuchar esos dos latidos frenéticos le hizo sentir como si le hubieran quitado un peso del que no se había dado cuenta de que llevaba a cuestas.
Por un momento, se quedó allí sentada, respirando lentamente. Su cuerpo estaba débil, y sus articulaciones le indicaban claramente que necesitaba un largo descanso. Tenía los pies tan hinchados que ya no le cabían en los