El motor del auto negro ya estaba encendido, vibrando con un ronroneo elegante en la cochera techada de la mansión Cisneros. El chofer esperaba, serio, junto a la puerta trasera abierta. Adrián avanzaba hacia él con pasos firmes, pero pesados, como quien arrastra más que el cansancio de una noche sin dormir. Llevaba un traje gris oscuro, impecable, aunque aún sin corbata; la camisa blanca apenas abotonada dejaba ver la tensión en su cuello, y los puños de las mangas colgaban desordenadamente. I