Adrián soltó el aire que no se había dado cuenta de que retenía, un suspiro pesado que se perdió en el silencio tenso de la habitación. El reloj antiguo colgado en la pared marcaba las once con su tic-tac insistente, como una cuenta regresiva que solo añadía presión a sus pensamientos ya desordenados.
Alan, sin mirarlo, cruzó la estancia con pasos pausados, casi felinos, y se dejó caer en una de las butacas de piel junto a la gran ventana de cristal templado. El sol de la mañana se filtraba per