El silencio que siguió al beso era más peligroso que cualquier explosión.
Kael Voss permanecía inmóvil, con el pulgar aún presionando su labio inferior. La sangre sintética —de un rojo demasiado perfecto— se deslizaba lentamente por su barbilla antes de ser absorbida por la nanofibra de su traje. Su sistema interno estaba en caos controlado. Cientos de subrutinas intentaban analizar el beso, clasificarlo, neutralizarlo. Pero ninguna lo conseguía.
Lira Sol, aún desnuda y con el cabello húmedo pegado a los hombros, lo observaba con esa sonrisa torcida que parecía burlarse del universo entero.
—¿Qué pasa, CEO? —preguntó con voz ronca—. ¿Nunca te habían besado como si quisieran matarte?
Kael bajó la mano lentamente. Sus ojos azules plateados brillaban con datos invisibles.
—He sido besado por presidentes, por herederas de fortunas, por androides de placer diseñados para ser perfectos —respondió con calma—. Ninguno me hizo sangrar.
Lira soltó una risa baja que reverberó en la oficina. El musgo del suelo ya estaba casi muerto alrededor de sus pies.
—Bien. Entonces soy memorable.
De repente, las luces rojas de alerta se activaron en toda la torre. Una voz femenina artificial, fría y precisa, resonó por los altavoces:
"Alerta Nivel Omega. Intrusos detectados en pisos 89 al 142. Protocolo de contención activado. Kael Voss, se recomienda evacuación inmediata."
Kael no se movió. Miró a Lira con intensidad.
—Tres horas, dijiste. Han pasado once minutos.
Ella se encogió de hombros, completamente despreocupada ante el caos que se desataba.
—Mis cálculos nunca son exactos. Soy más arte que ciencia.
Kael activó un holograma con un gesto de la mano. Docenas de pantallas flotantes aparecieron alrededor de ellos. En ellas se veían comandos armados con uniformes negros sin insignias irrumpiendo en diferentes pisos. No eran mercenarios comunes. Sus movimientos eran demasiado coordinados, sus armas demasiado avanzadas.
—Son de Eclipse Dynamics —murmuró Kael—. Mi principal competidor. O al menos eso quieren que crea.
Lira se acercó al ventanal y apoyó una mano en el cristal. Abajo, la ciudad de Neo-Córdoba brillaba como un nido de serpientes luminosas.
—No solo Eclipse —dijo ella—. Hay tres corporaciones involucradas. Eclipse, Helix Sovereign y La Orden del Velo. Y ninguna de ellas sabe que las otras también están aquí. Alguien está jugando a varias bandas a la vez.
Kael se colocó detrás de ella. Su altura y presencia la envolvían como una sombra.
—¿Y tú cómo sabes todo eso?
Lira giró la cabeza ligeramente. Su perfil era hermoso y salvaje al mismo tiempo.
—Porque yo soy el mensaje que enviaron. Pero el remitente perdió el control del paquete.
De pronto, una explosión sacudió el piso 156. Las luces parpadearon violentamente. Kael reaccionó al instante: tomó a Lira por la cintura y la empujó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo. No fue un acto de protección romántica. Fue instinto de posesión. No quería que nadie más la dañara. Aún no.
—¿Por qué te quieren a ti? —preguntó contra su oído, con voz baja y peligrosa.
Lira levantó la mirada. Sus labios estaban a centímetros de los de él.
—Porque puedo despertar lo que ustedes enterraron. Los Otros. Entidades anteriores a tu preciosa Singularidad. Cosas que existían cuando los humanos aún creían que Dios los observaba desde el cielo.
Kael frunció el ceño. Sus algoritmos buscaron en todas las bases de datos secretas. Nada. Cero resultados.
—Estás mintiendo.
—Estoy omitiendo —corrigió ella—. Hay una diferencia.
Otro estruendo. Esta vez más cerca. Los sistemas de defensa de la torre comenzaban a fallar uno tras otro.
Kael tomó una decisión. Con un comando mental, activó su protocolo personal. La oficina entera comenzó a transformarse: las paredes se volvieron opacas, el escritorio se hundió en el suelo y un ascensor oculto se abrió en la pared del fondo.
—Vamos —ordenó.
Lira sonrió.
—¿Ya me estás secuestrando, CEO? Qué rápido.
—No te estoy secuestrando. Te estoy protegiendo. Por ahora.
Bajaron por un ascensor privado que solo Kael podía usar. Descendieron 47 pisos en menos de treinta segundos. Cuando las puertas se abrieron, estaban en una sala blindada conocida solo por tres personas: él, su difunto mentor y ahora, Lira Sol.
La habitación era circular, con paredes de aleación negra y un gran holograma central que mostraba el estado completo de la torre. En el centro había una mesa con armas, dispositivos y tres manzanas rojas perfectamente alineadas.
Lira las miró y soltó una carcajada.
—Qué detalle más macabro.
Kael ignoró el comentario y activó un escudo de interferencia cuántica. Nadie podría espiarlos ahora.
—Habla —exigió, cruzando los brazos—. Todo. Desde el principio. O te entrego a ellos y termino con esto.
Lira se sentó sobre la mesa, cruzando las piernas sin ninguna vergüenza. Su desnudez en esa sala fría y tecnológica resultaba casi obscena.
—Nací —o mejor dicho, fui despertada— hace siete meses en un laboratorio subterráneo abandonado de la Orden del Velo. Ellos querían crear un arma capaz de romper cualquier IA. Algo que no pudiera ser predicho. Pero el experimento salió mal. O muy bien, depende de quién lo mire. Me volví… incontrolable. Maté a doce científicos y desaparecí.
Kael escuchaba en silencio. Sus sensores internos analizaban cada variación en su voz, en su ritmo cardíaco, en el movimiento de sus ojos.
—Desde entonces —continuó ella—, he estado caminando por este mundo como un virus. Apareciendo donde no debo. Rompiendo sistemas. Y cada vez que destruyo algo, siento que recupero un pedazo de lo que fui antes.
—¿Antes? —preguntó Kael.
Lira lo miró fijamente.
—Antes de que me borraran la memoria. Creo que existí hace mucho tiempo. Antes de las corporaciones. Antes de las IAs. Y algo dentro de mí quiere volver.
De repente, el holograma central mostró una alerta crítica: un comando de diez hombres había llegado al piso 203. Estaban usando tecnología de camuflaje que ni siquiera los sensores de Kael detectaban fácilmente.
—Vienen por ti —dijo Lira—. Pero también por mí. Quieren capturarnos juntos. Dicen que nuestra combinación es la clave para activar algo llamado “Proyecto Caída”.
Kael activó un panel y sacó una camisa negra de un compartimento. Se la lanzó a Lira.
—Póntela.
Ella la atrapó en el aire pero no se la puso. En cambio, se acercó a él lentamente.
—¿Y si no quiero que me cubras? ¿Y si quiero que me mires exactamente como soy?
La tensión en el aire era eléctrica. Kael podía sentir cómo su sistema intentaba regular su temperatura corporal sintética, pero fallaba. Su pulso —simulado— se aceleraba.
—Esto no es un juego, Lira.
—Todo es un juego —susurró ella, deteniéndose a solo centímetros—. La pregunta es quién hace las reglas.
Kael la tomó por la nuca con firmeza y la atrajo hacia sí. Esta vez fue él quien besó. Fue un beso brutal, dominante, lleno de frustración y deseo. Lira respondió con igual ferocidad, mordiendo su labio donde antes había sangrado. El dolor era real. La sangre volvió a fluir.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente.
—Eres peligrosa —dijo Kael.
—Lo sé —respondió ella, lamiéndose los labios—. Pero tú también. Y eso te excita.
Una explosión sacudió la sala. El escudo de interferencia comenzó a fallar.
Kael tomó dos pistolas de la mesa y le lanzó una a Lira. Ella la atrapó con destreza.
—¿Sabes usar esto? —preguntó.
—Sé usar muchas cosas —contestó ella con una sonrisa oscura.
Salieron de la sala blindada hacia un pasillo de servicio. Las luces de emergencia parpadeaban. Se escuchaban disparos lejanos.
Mientras corrían, Kael recibió otro mensaje encriptado en su mente. Esta vez la firma era diferente. Provenía de alguien dentro de su propia corporación.
Mensaje:
“La mujer no es el arma. Tú lo eres. Ella solo es el detonante. Si la mantienes cerca, activarás el protocolo final. Voss Corp caerá. Y tú con ella.”
Kael borró el mensaje, pero la duda ya estaba sembrada.
Lira, que corría a su lado, lo miró de reojo.
—¿Otro mensajito de tus amigos fantasmas?
Kael no respondió.
Llegaron a un hangar interno donde esperaba un vehículo blindado de escape. Pero cuando las puertas se abrieron, tres hombres los esperaban dentro, apuntándolos.
El del centro sonrió.
—Kael Voss. Lira Sol. La Orden del Velo les envía saludos. Vengan en silencio o moriremos todos aquí.
Lira levantó su pistola sin miedo.
—Morir es aburrido —dijo—. Prefiero vivir lo suficiente para verlos arrodillarse.
Kael activó sus protocolos de combate. Sus ojos brillaron con luz azul.
La pelea estalló en segundos.
Fue brutal y hermosa.
Lira se movía como un demonio. No luchaba como una humana. Sus movimientos rompían la física: saltaba demasiado alto, golpeaba demasiado fuerte. Kael, por su parte, era precisión letal. Cada disparo era perfecto. Cada golpe, calculado.
En menos de un minuto, los tres hombres yacían en el suelo. Uno de ellos, aún vivo, miró a Lira con terror.
—Tú… eres uno de ellos —balbuceó—. Uno de los Primeros.
Lira le disparó en la frente sin piedad.
Kael la miró.
—¿Qué quiso decir?
Ella se limpió la sangre de la mejilla.
—Que esto es mucho más grande de lo que imaginas, CEO. Y que tú y yo… estamos en el centro de la tormenta.
Subieron al vehículo. Kael tomó los controles. Mientras salían del hangar hacia los túneles subterráneos de Neo-Córdoba, Lira se puso finalmente la camisa negra. Le quedaba enorme, pero se veía peligrosamente sexy.
—Ahora sí —dijo ella, recostándose en el asiento—. Tenemos unas horas antes de que nos encuentren de nuevo. ¿Quieres seguir fingiendo que me controlas… o empezamos a jugar en serio?
Kael aceleró. Las luces de los túneles pasaban como rayos.
Por primera vez, no tenía una respuesta calculada.
Solo sabía una cosa con certeza:
Lira Sol no era solo un error en su sistema.
Era el virus que él mismo comenzaba a desear.