Cinco años habían pasado desde aquella noche en el balcón.
La Grieta ya no era una ciudad naciente. Era un símbolo. Un lugar donde humanos, híbridos y sobrevivientes de la vieja era intentaban construir algo diferente. Y en el centro de ese experimento vivían Kael, Lira y sus dos hijos.
Selene, de cinco años, era un torbellino de energía. Tenía el cabello negro de su madre y los ojos cambiantes de su padre —a veces plateados, a veces dorados, a veces ambos—. Su hermanito, Ares, de cuatro años,