Nicolás se despertó antes del amanecer, sintiendo el peso de la noche anterior sobre sus hombros. Las palabras de Raúl seguían retumbando en su mente, como si fueran un eco imposible de apagar. Al abrir la ventana, la ciudad aún estaba sumida en un silencio inquietante, como si presintiera el caos que estaba a punto de desencadenarse.
Había aprendido a moverse en el submundo de las sombras, pero nunca imaginó que enfrentaría una disyuntiva tan brutal: quedarse y someterse al control absoluto de