La tarde estaba nublada, el aire denso y pesado presagiaba una tormenta. En un rincón oscuro de la ciudad, en uno de los clubes exclusivos de Zaldivar, se encontraba su oficina privada. Luces tenues iluminaban el ambiente, creando un juego de sombras en las paredes. Zaldivar estaba sentado detrás de su enorme escritorio de caoba, sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la madera, mientras observaba con atención el reloj de la pared. Algo en el ambiente lo mantenía inquieto. No era el típico