La luz tenue de la pantalla del ordenador iluminaba el rostro de Aitana mientras observaba, con el corazón acelerado, cómo Luis —o mejor dicho, Hunter— tecleaba con velocidad y precisión en el teclado. La atmósfera en el estudio era tensa. Aunque las sombras de la mansión parecían quedarse quietas, la sensación de que algo oscuro acechaba en las profundidades del misterio no abandonaba a Aitana.
Hunter, el hombre que había sido su mayordomo durante toda su vida, estaba inmerso en un laberinto d