El despacho de Nicolás se encontraba en silencio. La tenue luz de las primeras horas de la mañana atravesaba las persianas y delineaba su figura con sombras largas y misteriosas. Apenas unas horas habían pasado desde que había completado la misión que Lorenzo le había encomendado, pero la tranquilidad que Nicolás sentía en aquel instante estaba lejos de ser plena. Había logrado algo que hacía mucho tiempo había perdido: poder, respeto y el temor de quienes antes se interponían en su camino. Sin