Simón bramaba y lanzaba maldiciones al cielo, incapaz de asimilar la valentía, o la absoluta estupidez, de Theo, ese maldito insensato que acababa de admitir, sin titubear, no solo que había tomado la inocencia de su hija, sino que lo hacía con una honestidad devastadora.
Y aquello lo único que provocaba en Simón era que por mucho que quisiera seguir viendo a Fayna como su “pequeña niña”, la bestia sabía muy en el fondo que Fayna ya no era ni pequeña, ni una niña; Porque su hermosa hija se habí