Gul ingresó en su habitación completamente desencajada; sus manos temblaban de forma incontrolable, como si cada músculo estuviera al borde del colapso, y sus piernas apenas la sostenían.
El terror que recorría su cuerpo era tan intenso que el pequeño Osmar, sin comprender del todo lo que sucedía con su madre, se aferró a ella con la mirada asustada.
El aire parecía haberse vuelto más denso, imposible de respirar, y cada sombra en la habitación le gritaba que el tiempo se agotaba.
—Mamá, ¿esa s