Capítulo 4

Capítulo 4

Apenas el sol comenzó a salir, iluminando la mansión, Mark, o mejor dicho, Vlad, envió un breve mensaje a su abogado, solicitando que lo encontrara en la empresa. Hoy, sus planes finalmente serían puestos en acción.

Fue hasta el dormitorio y abrió el armario. Seleccionó uno de sus mejores trajes, impecable y clásico, hecho a medida, como todo en su vida.

Frente al espejo, ajustó el saco, acomodó su cabello blanco y se puso los zapatos pulidos. Todo estaba perfecto.

Por último, se colocó el anillo heredado de su mentor, un antiguo símbolo de sabiduría, poder y secretos que habían atravesado siglos.

—Hora de comenzar —murmuró.

Vlad salió del dormitorio, cada paso resonando suavemente por el pasillo sombrío, y bajó las escaleras.

—Vamos —dijo al guardia que lo esperaba fuera de la casa.

En cuanto puso los pies en la empresa, Vlad volvió a ser Mark Darkmoor.

Al entrar en la sala de las secretarias, sus ojos vieron a Elena, puntual como siempre, en realidad adelantada. Estaba organizando unos papeles después de clasificar la correspondencia.

Mark sonrió y la saludó:

—Buenos días, señorita Lancaster.

Su sonrisa era educada, pero sus ojos, negros y profundos, examinaban cada detalle de ella con una atención casi depredadora.

Elena escuchó, dentro de su mente, un susurro seductor:

—¿Lograste satisfacerte anoche?

Se sonrojó, desviando la mirada, mientras Mark entraba en su oficina acompañado por el guardia.

Él entró y, al sentarse, Elena llamó:

—Sí.

—Señor… —dijo, con la voz temblorosa—. Su abogado en la línea 2.

—Gracias.

Elena colgó el teléfono, aún sintiendo aquella extraña sensación de estar siendo seducida por su voz; el calor le recorrió la espalda. Se sonrojó levemente, intentando apartar los pensamientos, cuando la otra secretaria apareció, distrayéndola por un instante.

Mientras tanto, Mark atendió la llamada.

—Señor, estoy llegando a la calle de la empresa… esto es un caos.

Mark giró lentamente la silla, sus ojos recorriendo la calle a través de la enorme ventana del despacho. Observó a un hombre bajar de un coche con una llave de ruedas en la mano, dispuesto a atacar al conductor de un autobús que, con las manos levantadas en señal de paz, intentaba dialogar.

Los ojos de Mark se volvieron rojos por un instante, y el hombre, en medio del tumulto, fue lanzado contra un coche estacionado al lado. Un extraño silencio cayó sobre la calle. El conductor del autobús y algunos peatones intercambiaron miradas confusas antes de regresar rápidamente a sus vehículos, esquivando el cuerpo inmóvil sobre el capó.

Mark observó cómo el tráfico comenzaba a reorganizarse poco a poco.

—Lo esperaré el tiempo que sea necesario —dijo con calma.

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Elena no lograba dejar de pensar en su propia mente. ¿Hasta dónde estaba permitiendo que sus pensamientos llegaran?

Y, aún más perturbador, estaba aquella sensación extraña, como si él supiera exactamente lo que ella sentía, el susurro silencioso en su mente: ¿Lograste satisfacerte anoche?

Se encogió levemente en la silla, apretando los papeles. Estaba avergonzada.

Poco después, vio entrar al abogado. Elena respiró hondo, se acomodó y se levantó para recibirlo.

—Buenos días, señor.

—Buenos días, soy Julian, el abogado del señor Darkmoor.

—Por aquí, por favor —dijo, conduciéndolo hasta la oficina de Mark.

El abogado agradeció y la siguió. Al abrir la puerta del despacho, ella lo guió hasta la entrada y lo dejó pasar.

Antes de darse la vuelta para salir, Elena sintió la mirada de Mark atravesarla como una corriente eléctrica. Respiró hondo, intentando apartar aquella sensación, y salió.

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—Julian, sabes que solo confío en ti —dijo Mark.

—Sí, señor. Haré todo para que quede legalizado —respondió Julian.

—Excelente. Tienes 24 horas.

—Lo haré en menos tiempo, señor —respondió Julian con seguridad.

Intercambiaron un breve gesto y se despidieron. Apenas Julian salió, Mark se reclinó en la silla, observando la puerta cerrarse.

Poco después, el guardia volvió a ocupar su lugar en la oficina, como una sombra. Mark levantó la mirada y suspiró.

El resto del día transcurrió de forma monótona. Elena salió para realizar los exámenes y gestionar los documentos finales necesarios para la contratación.

Mientras caminaba por el pasillo de la clínica y luego por las notarías, Elena percibió que no podía evitar preguntarse por el efecto que él causaba en ella. Un escalofrío le recorría los brazos solo con recordar la mirada de él en la oficina, y por unos segundos, su presencia parecía acompañarla, invisible, a cada paso. Hubo un momento en que miró hacia atrás y suspiró al ver que no era él, sino desconocidos que ni siquiera reparaban en ella.

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La mente de Mark estaba distante, sumergida en sus propios pensamientos. Aun así, mantenía una atención casi sobrenatural sobre la reunión.

Los empleados, sin embargo, sintieron el peso de su presencia y dejaron de hablar, intercambiando miradas nerviosas entre sí.

—Pueden continuar, estoy escuchando —dijo Mark, alzando la mirada de forma lenta y calculada. Su voz resonó en la sala, y los empleados retomaron la presentación.

Al final de la reunión, Mark se levantó y fue a su oficina a buscar el saco, dando por terminado el día.

En la limusina, mientras el conductor avanzaba por las calles tranquilas de la ciudad, su mente volvió inevitablemente a Elena. Un deseo intenso ardía bajo el férreo control que mantenía sobre sí mismo; quería derribar todas las barreras entre ellos, acercarse a ella, dominarla y poseerla por completo.

Pero sabía que debía esperar. La paciencia formaba parte del juego. Sabía exactamente cuándo y cómo actuar, dejando el deseo latente, listo para estallar en el momento adecuado.

Al llegar a casa, los empleados se despidieron y dejaron la mansión sumida en un profundo silencio. Les pagaba generosamente, pero le gustaba quedarse solo al regresar, dejándose envolver únicamente por su propia presencia y por los pensamientos que lo ocupaban.

Después de una cena ligera, tomó una copa de vino y se dirigió a la piscina. Permaneció allí durante varios minutos.

Entonces, un leve sonido de tacones llamó su atención. Marcando cada paso, el sonido se acercaba, y él alzó la mirada.

Allí estaba Valquiria, su hermana gemela, surgiendo de la penumbra con una elegancia sobrenatural que siempre la acompañaba.

Mark sonrió levemente:

—Valquiria… cuánto tiempo.

Ella se acercó, cada curva de su cuerpo moviéndose de manera provocadora bajo el vestido mínimo que llevaba. Pero Vlad no reparaba en ello. Eran hermanos, y siempre hubo respeto entre ellos, desde los tiempos en que no eran diferentes, antes de abrazar la eternidad que los separaba de los humanos.

—Vlad, te he extrañado —dijo ella, acercándose para besar su mejilla antes de sentarse en una silla a su lado—. ¿Cuándo vas a salir de esa carcasa vieja? —preguntó, lanzándole una mirada cargada de disgusto e impaciencia.

—Pronto. Muy pronto —respondió él, manteniendo la postura tranquila, como siempre.

—Qué bien. Quiero invitarte a mi fiesta de cumpleaños… ups, nuestra fiesta. Será mañana por la noche. Habrá vírgenes, y podrás beber de su sangre y volver a ser quien eras.

Vlad alzó una ceja, una leve sonrisa curvando sus labios:

—No me molesta ser viejo, Valquiria. Aún sé ser seductor.

—Lo sé, querido —dijo ella con una sonrisa divertida—. Pero somos gemelos. Necesitamos mantener cierto contraste.

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