Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 2
Elena colgó el teléfono lentamente, sintiendo un escalofrío involuntario recorrerle la espalda. Un suspiro escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. Se llevó la mano al pecho, como si su propio cuerpo intentara comprender lo que acababa de suceder. —¿Qué fue eso? —murmuró para sí misma. Jamás había reaccionado de aquella forma ante una simple llamada profesional. Y, aun así, la voz de Mark Darkmoor permanecía en su mente, baja, firme… peligrosamente envolvente. Exactamente treinta minutos después, la puerta de la presidencia fue abierta por el guardia de seguridad. Mark salió de la sala con una postura impecable. El traje oscuro parecía moldeado a su cuerpo fuerte, desafiando la edad que aparentaba. Se detuvo frente a ella. —¿Vamos? Elena se levantó de inmediato, sintiendo que el corazón se le aceleraba sin motivo lógico. En ese mismo instante, Eleanor regresaba del almuerzo. —Eleanor, voy a llevar a Elena conmigo —informó Mark, ajustándose discretamente el puño de la camisa. —Sí, señor —respondió ella, lanzando una mirada atenta a la joven antes de dirigirse a su escritorio. Caminaron en silencio hasta el ascensor. Dentro, quedaron demasiado cerca. Elena tuvo que alzar la mirada. Mark Darkmoor era inmenso. Ancho. Imponente. Si a esa edad su presencia era así… ¿cómo habría sido cuando joven? La idea la tomó por sorpresa, llevando un calor súbito a sus mejillas. Él lo notó. Sus ojos negros la observaron con calma. Una vez más, Elena sintió aquella sensación extraña… intensa. ¿Sería seducción? Asustada por su propio pensamiento, desvió la mirada de inmediato, reprendiéndose en silencio. Qué absurdo. El ascensor continuó descendiendo, mientras Mark permanecía inmóvil a su lado. El olor de él era… embriagador. Elena respiró hondo, intentando entender qué estaba ocurriendo consigo misma. No tenía sentido. No era un perfume común. Era algo más profundo, cálido, casi adictivo. Su cuerpo reaccionaba antes de que su mente pudiera seguir el ritmo. Sus músculos se tensaron, y su respiración se volvió irregular. Se puso rígida sin darse cuenta. —¿Está todo bien, señorita Lancaster? —preguntó Mark, al notar su súbita rigidez. La voz de él, tan cercana, provocó un nuevo escalofrío en su piel. —Sí… claro —respondió apresurada, aunque su corazón latía demasiado rápido—. Solo… un poco de mareo. Mark inclinó levemente la cabeza, observándola con atención. Sus ojos negros recorrieron el rostro de ella, demorándose más de lo necesario. Él lo sentía. Siempre lo sentía. El efecto que causaba en las personas, especialmente en las mujeres. —Si lo prefiere, podemos posponer el almuerzo —dijo con tono calmado. Elena tragó saliva. —No —respondió demasiado rápido—. Estoy bien. Él la miró un segundo más, como si pudiera leer cada pensamiento que ella intentaba ocultar. Luego asintió lentamente. —Muy bien. El ascensor finalmente se detuvo. Las puertas se abrieron. Elena dio un paso adelante, sintiendo el cuerpo aún caliente sin entender por qué. Al pasar junto a él, percibió algo aún más perturbador: La discreta sonrisa de Mark Darkmoor. Era como si… como si supiera exactamente lo que estaba provocando en ella. No, ¡imposible! Dio otro paso y las luces del panel parpadearon por un segundo. En el reflejo metálico de la pared del ascensor, algo no coincidió. Por un breve instante, el reflejo de Mark no siguió perfectamente sus movimientos. Parpadeó, y el reflejo volvió a la normalidad. Él salió del ascensor justo detrás de ella, ajustándose el saco con un gesto elegante, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de luchar contra un instinto que hacía tiempo juró mantener bajo control. Entraron en la limusina, y el guardia se sentó junto al conductor. En cuanto la puerta se cerró, el vidrio divisorio fue activado. Elena se sentó con cuidado en el asiento de cuero suave, sintiendo el corazón latir demasiado rápido para una simple salida a almorzar. Mark se acomodó a su lado, manteniendo cierta distancia. El olor de él volvió a envolverla. Elena respiró hondo. Sintió un escalofrío deslizarse lentamente por sus brazos, luego por la nuca, como si algo invisible la tocara. Cruzó las manos sobre el regazo; estaba inquieta. ¿Qué me está pasando? Mark permaneció en silencio, observando la ciudad pasar por la ventana oscurecida. Pero todos sus sentidos estaban dirigidos hacia ella. Hacia el ritmo acelerado de su respiración y el leve temblor de su cuerpo. —¿Está cómoda? La pregunta sencilla hizo que Elena tragara saliva. —Sí… señor —respondió, aunque no estaba segura de que aquella fuera la palabra adecuada. En el reflejo del vidrio oscuro, por un breve instante, la imagen de él no apareció. Solo la de ella, sentada, tensa, con los labios ligeramente entreabiertos. Luego el reflejo regresó. Mark ajustó el puño de la camisa, como si nada hubiera sucedido. --- Elena dio el primer bocado a su comida cuando el teléfono de él sonó. Mark respondió, con su voz profunda y firme. Al instante, algo dentro de ella se encendió. Un calor intenso subió por su pecho, por los brazos, hasta la nuca. Era una sensación incómoda e irresistible que no sabía explicar. Tragó saliva, sonrojándose, y pidió permiso con un pequeño gesto de la mano. —Con permiso, señor —murmuró. Se dirigió al baño más cercano y, al entrar, cerró la puerta rápidamente. Sintió las manos temblarle ligeramente mientras abría el grifo, dejando que el agua fría corriera sobre sus muñecas, intentando calmar su cuerpo. La luz parpadeó brevemente sobre ella, y parpadeó, asustada. En el restaurante, por un instante que pareció eterno, los ojos de Mark cambiaron de color. Un rojo sutil, imperceptible para cualquiera menos atento, desapareció tan rápido como apareció, y él recuperó la compostura, como si nada hubiera pasado. Respiró hondo, controlando su propia excitación. El aroma de ella lo embriagaba, cálido, vivo, intenso. Mientras Elena se secaba las muñecas, intentando apartar el calor que se negaba a ceder, un escalofrío recorrió su espalda. No podía explicarlo, pero aquel hombre tenía poder sobre su cuerpo. Después del almuerzo, el camino de regreso fue tranquilo. Elena sintió que el calor intenso y el escalofrío que habían invadido su cuerpo momentos antes finalmente cedían. Respiró hondo, intentando recuperar el control. El corazón se desaceleró, los brazos se relajaron y la mente volvió a enfocarse en la rutina. Pero no para Mark Darkmoor. Durante el resto del día, permaneció inquieto. Y entonces, algo captó su atención de forma inesperada. En el momento en que Elena dejó unos documentos sobre su escritorio, Mark notó el delicado anillo en su dedo. Un anillo sencillo, pero que parecía de compromiso, un posible compromiso formal. Por un instante, su expresión se volvió seria. Aun así, en el fondo, el anillo no cambiaría nada entre ellos. Pero su presencia dejaba claro que ella pertenecía a otro.






