Un caos perfecto.
Un día después, el sol de la tarde se filtraba por las enormes ventanas del hospital cuando Andreina sostuvo a su hija contra el pecho y observó por última vez aquella habitación blanca que había sido testigo de tantas lágrimas, miedo y noches interminables.
Pero esa tarde era distinta. No había ansiedad oprimiéndole el corazón ni lágrimas de angustia quemándole los ojos, solo calma.
El CEO, terminó de guardar las últimas cosas en el bolso mientras miraba a sus hijos dormidos. El pequeño