La respuesta hizo eco en el lugar, esa voz no era de otro hombre que el CEO Rodríguez, que llegaba a casa con maletín en mano, vestido en un traje hecho a medida, después de haber cancelado una reunión.
Fría.
Definitiva.
Marco, no necesitó voltear, sabía de quién se trataba. Asintió despacio, como si ya lo esperara.
— Andreina…
— Casi mata a mis hijos, Marco.
Él bajó la mirada.
Porque era verdad.
Aunque nunca pudieron probar directamente que ella ordenó el atentado, sí encontr