72. La manada de los que callan
El olor a leña ardiendo flotaba en el aire como un susurro tibio que lo invitaba a seguir respirando. Raven parpadeó, lento, como si sus párpados pesaran toneladas. Un dolor sordo le recorrió el costado, recordándole que su cuerpo seguía roto, pero no muerto.
La madera del techo crujía suavemente sobre su cabeza, y una luz tenue se filtraba por las rendijas de la pared, acariciando el suelo de tierra con una calma casi hipnótica. Estaba acostado sobre un lecho hecho de pieles gruesas y ásperas,