55. Corazones a la Deriva

La noche se aferraba al bosque como un velo espeso, impasible, negándose a soltar el aliento. La cabaña en lo alto de la colina estaba rodeada por árboles que parecían custodiarla en un silencio solemne. Nada se movía. Ni siquiera las hojas se atrevían a susurrar.

Sentada en los escalones de madera, Ailén parecía parte del paisaje, como si la tristeza la hubiera convertido en estatua. Tenía las piernas recogidas contra el pecho, y sus brazos rodeaban sus rodillas con fuerza, como si así pudiera
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