—Tenemos que buscar a tus padres—le dije, mirando a todas partes, comenzando a preocuparme más.
Alrededor de veinte minutos, la preocupación incrementó y no tanto por el niño, sino por William Flynn.
Deseaba ir a buscarlo, pero no podía dejar a su suerte al bebé.
—¡Ay, mi bebé! —le oí gritar a una chica desde alguna parte y sus pasos apresurados me hicieron volver mi cabeza en su dirección.
Era la chica de la tienda con la que hablé y que William cortó de tajo la conversación. Ahora entendía de