—¿Por qué no decidiste ir a Boston también? Allá te hubieras quedado a continuar los meses que restan—le oí decir.
—Sucede que aquí hay más paz, exceptuando tu presencia, claro—vacilé.
—Sin mí, estarías muy aburrida—alardeó.
—Sí, me temo que sí—reconocí y él infló el pecho con entusiasmo y rio—no es un halago, eh, simplemente es agradable tener con quien hablar.
—¿Te gusta leer o únicamente eres igual de aburrida habitualmente?
—Leer no es mi pasión, pero tampoco le hago el feo a un libro—sisé.