De camino a la carretera, el nerviosismo de él no cesó. Miraba por el espejo retrovisor muchas veces y maldecía cuando no podía avanzar más de lo que deseaba.
—¿Me dirás qué ocurre? —inquirí, abrumada—estás como un loco.
—Primero necesito dejarte en tu casa, sana y salva y ahí hablaremos—concluyó la posible charla.
Tardamos menos en llegar a mi casa que al revés.
William aparcó a tres calles de distancia y ambos descendimos. Tomó mi brazo y me instó a caminar muy rápido.
Abrí la puerta y entram